miércoles, 18 de mayo de 2016

Algo queda de mí en esta sombra


En 120 palabras

Fin del trayecto
El calor era sofocante en la sala de espera. Como en cada una de las visitas anteriores, se sintió mareada y las náuseas le dieron los buenos días por enésima vez. No estaba nerviosa. Sabía que por fin la suerte había elegido ser su copiloto y terminarían el trayecto juntas. Cuando la enfermera dijo su nombre, entró en la consulta como quien acude a casa de los reyes magos, dispuesta a recibir el regalo más deseado.
No oigo nada, no hay latido, le dijo el médico, sin percatarse de que le estaba abriendo un agujero en las entrañas. Otro más.
Comenzó a explicarle en qué consistía un legrado; pero ahora era ella la que no escuchaba nada.

Acampada
No era el mar, ni dormir hasta agotar el sueño, ni siquiera poder olvidar la dictadura de los horarios. Lo mejor de las vacaciones era vivir en el camping.
A tan solo dos parcelas de la suya, conoció con ocho años a la futura madrina de su hija. La noche que cumplió los quince, un beso de Alberto inauguró su vida en común. Su existencia, tan luminosa y gris como pueden parecernos todas, encontró allí un refugio perfecto en los veranos.
Tras años sin viajar, hoy ha dormido con sus hijos en una tienda de campaña y recuerda aquel camping. Quizá para olvidar este en el que nunca imaginó estar, porque pensaba que la guerra sucedía siempre en otra parte.

Putos tiradores
¿Dónde coño estarán? Entre tanta historia no sé cómo encuentra la gente algo. Jardinería, fontanería… Otro como mi padre, paseando encantado entre tornillos. ¿Qué atractivo tienen? Por fin, putos tiradores. Por favor, que estén los que ella quiere. ¡Bien! Todas las vacaciones pringados con el puñetero mueble. Ya que nos hemos puesto, total… Seis puertas. 36 euros. Se acabó el mueble. Por fin.
Al llegar a casa guarda los tiradores en un cajón. Junto al reloj de Elena, que sigue marcando las cinco y diez bajo el cristal destrozado. Mira los libros y las fotos que viven en el suelo desde que le avisaron del accidente y se promete dejar el mueble así. Vacío. Igual que él.

domingo, 24 de abril de 2016

Detenido


El compás monótono que el calzado marca en las aceras, los agudos del tráfico en hora punta, el solo con el que el viento deslumbra al público, la melodía de la lluvia tras el cristal...

Todo suena diferente: a lágrimas atravesadas en la garganta, a música congelada.


domingo, 10 de abril de 2016

Cuando la luz engaña


Cada día, durante unos segundos, la luz se abraza fuerte a nuestro mundo, araña los edificios como quien quisiera salir de un pozo. De repente es consciente de que se le acaba su tiempo. Sabe que está quemando su último cartucho. 

Se cuela por una ventana, en un intento desesperado de quedarse ahí, acurrucada junto a esa mujer que lee un poema en el sofá. "Y miraré las nubes sin pensar que te quiero", dicen los versos. La mujer desea mirar al cielo de esa manera. Y ambas, la luz y la mujer (quién sabe si será Luz) se engañan. Una pensando que se quedará, la otra creyendo que podrá olvidar. Sin darse cuenta de que la noche está aquí y para todo eso ya es tarde.


miércoles, 30 de marzo de 2016

¿Quién anda ahí arriba?





En el cole le habían contado que Dios no aceptaba a los niños recién nacidos en el cielo. Por mucho pecado original que hubiese, a ella no le cuadraba que ningún dios en su sano juicio quisiese alejarse de los bebés. Por eso decidió no creer en él. Pero algunas tardes le parecía que alguien hacía señales desde arriba. Nunca le preguntaba a los mayores. No fuesen a decirle que solamente era el sol asomando entre las nubes.

Que el agua os sea leve



No es que se te queden algunos restos de ilusiones desintegradas pegados a las tripas. Tampoco que los nombres que barajaste como posibles permanezcan vacíos flotando en tu cabeza. Ni siquiera que, en alguna extraña ocasión, te sorprendas hablando con ellos en ese lenguaje extraño que los humanos articulamos en nuestras entrañas. No es nada de eso. 
Lo peor es que se te han muerto dentro. Y el cuerpo no es buen sitio para alojar tumbas de manera indefinida. 
Por eso, esta mañana he hablado con el Baztán para que me los cuide aquí y yo pueda llevarles dentro sin el peso que suponen los adioses no formulados. Me ha parecido un lugar perfecto. Les gustará, como a su madre, sentirse abrazados por el agua y relajarse, como su padre, mientras miran las cascadas. 
Yo te los cuido, me ha susurrado el río, tengo una cascada para cada uno, para que no discutan. Vete tranquila.
Al volver al coche, ese cielo del norte que siempre me cuida tanto ha llorado conmigo, con esa lluvia suave que te va lavando por dentro mientras cae. 
Y después me he marchado. Ahora sí, muy tranquila. Con los adioses resueltos y las entrañas sin peso.

Esa mirada



Hace más de treinta años, una niña aguantaba el frío de la calle y el terror a los ojos sin cara. Esperaba con ansia el momento en que su abuela le anunciaba "ahí viene; la virgen que te gusta, la del manto negro, la que llora". Hoy he vuelto a ver a esa niña, mirándome de frente, intentando averiguar quién soy y qué me ha pasado en estos últimos años. Han sido solo unos segundos pero hay miradas que duran toda la vida. Aunque no sepamos leer en ellas. O precisamente por eso.

domingo, 31 de enero de 2016

Desde que te conozco



No me había dado cuenta
pero desde hace unos meses,
los domingos por la mañana
en mi barrio huele a mar. 

El frío de esta ciudad 
ha aprendido a acariciar
y una niña que cumple años
corretea en mi sofá.

Mis miedos se han ido al paro,
me da igual que el espejo insulte
y por fin he hecho las paces 
con esa que se llama yo.

Los días se visten de verde,
la luna vela mi sueño
y el tiempo me acaricia el pelo
cuando se introduce en mí.

Desde que te conozco,
todo me huele a menta.
Mírame y dame la vuelta.
No importa si luego te vas. 

martes, 29 de diciembre de 2015

Five Card Flickr II






El lunes los niños lo tenían claro: "101 dálmatas, que no la hemos visto". El martes tuvo un rato para ella sola y volvió a disfrutar de La ardilla roja. La noche del miércoles, su marido eligió La red social. El jueves por la tarde, compartió con su madre ¡Qué verde era mi valle! y el viernes terminaron viendo en familia y por enésima vez, Cars.

El fin de semana, todos se fueron al pueblo y Clara decidió imaginar su propia película. Abrió un libro y no paró de leer hasta terminarlo.


Five Card Flickr I


Esto lo escribí para probar una actividad para clase, con Five Card Flickr, una web que te proporciona cinco fotos para que escribas algo inspirándote en ellas. Las fotos son, en este caso, de Serenae y con ellas, probé dos opciones:










 La iglesia de mi pueblo seguía apareciendo en mis sueños, cincuenta años después. Más que ningún otro rincón, esa torre significaba para mí toda mi infancia. Era los besos de mi abuela, las conversaciones con mi abuelo, las tardes en el río, los ladridos de mi perro... Todo aquello que un día tuve que abandonar se concentraba en una torre de iglesia. Y en ese olor. Un aroma especial que vivía en mi memoria y que nunca supe identificar.
Hoy no queda nada de lo que fue mi pueblo. He cruzado el océano para encontrarme con un desierto en el que ni siquiera los insectos pueden sentirse a gusto.
Me siento tan vacío como este paraje desolador. Me quedan pocas semanas en este mundo, ¿de qué se alimentará mi alma si mis recuerdos se han ido antes que yo?
Cojo el coche y me alejo de esa tumba en la que descansa mi infancia ya perdida. Tras varios kilómetros, me paro a descansar y al bajar del coche, vuelvo a tener diez años otra vez.
Ese olor, ese pan de mi niñez

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Las campanas de la torre resonaron con ese estruendo que solo ellas podían alcanzar . Todos acudieron a la llamada. Los rudos pobladores de las tierras áridas, los habitantes fríos del mar infinito, los animales que ocupaban los bosques impenetrables... Para conmemorar el día en el que la Tierra dejó de llamarse Tierra, porque ningún ser humano podía alimentarse ya. 

Cuestión de afinación


Me acuerdo de perder la respiración en los conciertos, de viajar al mar y a la amistad en un solo trayecto y de la saliva más abajo del ombligo en su portal.
Me acuerdo de reírme y llorar a tumbos, de la madrugada llegando siempre antes que yo a mi cama y de los libros en los que buceé para salir más limpia de ellos. 
Me acuerdo de gente de la que ya no me acuerdo. Y de ti, que nunca pudiste convertirte en recuerdo porque nunca te marchaste.
Me acuerdo de la yo que tuvo dieciocho años, la que duerme agazapada al dorso de mi piel y a veces, se asoma para hacerme burla y obligarme a sentir cosas que caducan antes de empezar a ser. 

Y también recuerdo una melodía. Sonaba cuando el destino, guiñándome el ojo, me sacaba a bailar y yo, como el tío me gusta, me dejaba meter mano. Sonaba cuando los días se agolpaban a mi alrededor para contarme las cosas que pasan y también cuando las noches se enfadaban conmigo por no obedecer nunca y olvidarme de dormirlas. Una melodía pegadiza, emocionante, perfecta para mí. Porque era mía.

Hoy el desacorde es patente y las notas no cuadran, pero yo nunca me marcho de un concierto antes de tiempo

Porque...

DOblegaré la MIlonga y el SOLlozo,
FAbricaré LAberintos para los DO
SOLicitaré SIempre en mi gente REposo y
DOsis de MImos sirven para rozar el SOL.

REcuerdo cilmente tu LAtido al abrazarme
FAntaseo con LAs letras DOnde quiera que voy
SOLa y en SIlencio REconozco emocionarme
cil, rozas MI cuello SOLo con tu voz.

Así que...


Es cierto que me encuentro desafinada, pero pronto cambiaré de tema. En la pista me esperan para seguir bailando. Y eso, según dicen, siempre lo he sabido hacer bien. 

sábado, 12 de diciembre de 2015

No existes



Hoy he descubierto que quiero a un hombre que no existe. Y ando desconcertada imaginando cómo serán sus ojos, su boca y sus manos. A mí el cuerpo siempre me ha dado un poco igual. Lo que yo quiero es que me mire y dé sentido a mi existencia, que se lleve un bocado de mi alma en cada mordisco y que, cuando sus dedos entren en mí, grabe en su memoria mis gemidos y componga luego melodías para tocar(se) cuando me eche de menos.

Quiero que sepa que a veces me pierdo en un lugar de mi interior que ni yo misma tengo claro dónde está, pero sé volver, más o menos recompuesta. Que quiero una vida con desgarros de flamenco, orgasmos in crescendo y arrebatos de un invierno de Vivaldi y que junto a él es probable que lo lograse, aunque fuese solo a ratos.

Lo malo es que este hombre ni es, ni está, ni existe, así que a ver dónde lo busco para que me devuelva el corazón. Que buena falta me hace.